Mt 26,14-27,66 - Kardiognosis

Cristo: rostro humano de Dios; rostro divino del hombre
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En tus manos está la elección
1. La oración de Jesús
El primer punto que quisiera compartirte es la oración de Jesús con un exquisito contenido que, sin duda, nos exhorta a una relación filial fraguado en la libertad. En efecto, en el primer momento, el Señor oró así: «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa de amargura; pero no sea como yo quiero, sino como quieres tú» (v. 39). En la segunda ocasión: «Padre mío, si no es posible que pase sin que yo la beba, hágase tu voluntad» (v. 42); y, por último, ya sólo menciona el evangelista que, «volvió a orar por tercera vez, repitiendo las mismas palabras» (v. 44).
Si nos damos cuenta, en la oración de Jesús está aquella petición del Padre nuestro: «hágase tu voluntad», y que constituye un apelo a la libertad y sabiduría de Dios. Esta manera filial como Jesús se dirige al Padre, permite que cada uno reflexione en su forma de orar, en la que desafortunadamente en varias ocasiones, el orante se erige como sabio ante designios que no conoce, e incluso, se ora “obligando” a que Dios obre según la propia conveniencia. Expresiones no faltarán como: “a ti te lo digo: detén esta pandemia”, “dame trabajo”, etc.
De hecho, en este pasaje evangélico, aparecerá con toda su crudeza la gran tentación de convertir a Dios en objeto de la propia complacencia: «“Tú, que destruías el templo y lo reedificabas en tres días, sálvate a ti mismo; si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz”. Y lo mismo lo jefes de los sacerdotes, junto con los ministros de la Ley y los ancianos, se burlaban de él diciendo: “A otros salvó, y a sí mismo no puede salvarse. Si es rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él”. “Ha puesto su confianza en Dios; que lo libere ahora, si es que lo quiere, ya que decía: ‘Soy Hijo de Dios’”».
La gran tentación sigue teniendo la misma motivación que el pasaje de las tentaciones: que Jesús haga un milagro para sí; se beneficie mostrando su poder. Pero ¿hacia dónde nos han conducido los evangelistas sobre los milagros y los signos que Jesús obró? En que Jesús realizó aquellas obras para manifestar cuánto es el amor compasivo de Dios por el hombre, no para revelar cuán poderoso es.

2. Los tres poderes se unieron en la condena del Hijo
La condena de Jesús se ubica en un contexto religioso. Han sido los sumos sacerdotes quienes le dieron a Judas las monedas de plata. Ellos mismos son la “voz” que incita a la multitud, para que elija a Barrabás y crucifique a Jesús. Esta muchedumbre dejándose convencer por los ancianos y los sumos sacerdotes será la que dé sentencia de crucifixión, y tenga, influencia en la decisión política: «Entonces Pilato, viendo que nada conseguía y crecía el tumulto, pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo».
Tenemos, entonces, representados en los sumos sacerdotes y los ancianos, al poder religioso que, por la podredumbre de su envidia, “manipula y convence”; el poder social que, sin discernir, se deja cautivar por el “circo orquestado”, sin vislumbrar la gravedad de su grito; y, por último, el poder político que, omite la verdadera justicia, para mantener contento al “pueblo bueno”.

3. La blasfemia de Dios: su amor por el hombre
Blasfemia proviene del griego (βλασφημία) que, significa «palabra injuriosa», es decir, que es un insulto grave ante lo sagrado. Este es el preámbulo de la sentencia de muerte contra Jesús, proclamado por el sumo sacerdote quien, rasgando sus vestiduras, exclamó: «Ha blasfemado»; y definitivamente, la encarnación del Hijo de Dios es la más terrible blasfemia para la lógica humana y su concepción de lo sagrado; más aún, la cercanía, compasión y ternura de Jesús son un atentado al estilo de justicia practicado por el hombre, y a su modo de concebir el servicio para asociarlo al poder.
El ser humano no desea un Dios así: que busca, perdona, corrige, sirve y ama. Antes bien, desea un Dios a su medida que justifique sus acciones, condene, excluya y oprima. Por eso, es preferible gritar «queremos a Barrabás» que a Jesús.
Todavía, la multitud enardecida y sin saber lo que decía, expresó: «¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»; y así iba a suceder. Esa sangre del inocente sería derramada para reconciliar al hombre y a la mujer con su Dios y Señor. Allí, en la cruz se pone de manifiesto que, antes de que los tres poderes dicten la sentencia sobre el Hijo de Dios, sería él, quien por amor se entregaría para «hacer la voluntad» del Padre.

4. ¿A qué nos exhorta el domingo de Ramos?
El amor no es más un discurso filosófico o un sentimentalismo y romanticismo platónicos. Desde la cruz, Jesús revela plenamente lo que es el amor y su acción (amar). Este domingo de Ramos, nos conduce a la mansedumbre del Hijo de Dios quien, entra en Jerusalén triunfante como quien toma una ciudad, no bajo la mundanidad del poder, sino bajo la humildad del amor.
Desde esta vertiente de “abajamiento”, somos invitados a no convertir los servicios en poder; pues cuando esto ocurre, podemos generar opresión y exclusión difuminados en un auténtico despotismo eclesial.
Por otra parte, como cristianos estamos llamados a evangelizar, es decir, anunciar la Buena Nueva sin manipular las conciencias a la propia conveniencia. Como sociedad, somos invitados a discernir las “voces” para separar aquellas que dictan muerte, y pronunciarnos siempre por la vida, en todas sus facetas. Y, por último, como personas políticas, somos invitados a dejar las omisiones de la indiferencia y apatía, así como al miedo por perder un cierto reconocimiento de los demás, para ser más incidentes en el quehacer social que promueva, la dignidad de toda persona humana.
En nosotros está la posibilidad de elegir qué camino seguir: huir como los apóstoles, traicionar como Judas, negar como Pedro, manipular y envidiar como los sumos sacerdotes y los ancianos, omitir como Pilato, ayudar como Simón de Cirene, permanecer como las mujeres, no avergonzarse como José de Arimatea, o profesar la fe como el oficial romano.

5. Oración.
Señor Jesús, aquel día en Jerusalén, recibiste con alegría la aclamación de los humildes que te reconocían como Mesías; porque ellos veían realizadas las promesas y el cumplimiento de la Ley y los Profetas.
Tu cabalgadura mostraba qué Mesías dabas a conocer al mundo: no aquel que separaría a los justos de los pecadores para aniquilar a estos últimos, ni tampoco serías aquel revolucionario que reduciría en polvo al enemigo; sino que, te mostraste tal cual eres: el Siervo doliente.
En efecto, tú, Señor, te hiciste pobre al tomar nuestra fragilidad humana, y te hiciste pequeño para mostrar al desamparado y afligido la más grande ternura de Dios. Ahora, Señor, al iniciar esta semana santa, dónanos a todos tus discípulos, de vivir según tu estilo, y haz que tu Iglesia no deje de contemplar el misterio de la Cruz, para que, bajo la luz de tu Resurrección, sea más sierva, discípula y samaritana, siendo consuelo en un mundo, en el que el hombre se ha convertido lobo de sí mismo.
¡Ten piedad de nosotros e ilumínanos!

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