Mc 1,40-45 - Kardiognosis

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Mc 1,40-45

Lectio Divina > Evangelio según san Mc
«Si quieres, puedes purificarme»
Mc 1,40-45
Pbro. Dr. Julio César Saucedo Torres
1. Lectio: ¿Qué dice el texto?
La lepra en la mentalidad hebrea era considerada una enfermedad sumamente grave, casi equiparada con la muerte, pues el cuerpo se asemejaba a un cadáver en su proceso de descomposición. Además, el leproso venía expulsado de la comunidad no solo por el temor al contagio, sino también porque era signo máximo de la impureza que alteraba el orden creado por Dios. De este modo, un leproso tenía que hacer notar su presencia con el sonido de una campana para que los demás advirtieran su presencia y se alejaran de él. Él no podía tocar a nadie y nadie lo podía tocar a él. Era un errante, un muerto viviente destinado a habitar en las afueras de la comunidad. Pues bien, el texto narra a un leproso que hace lo impensable: acercarse a Jesús para suplicar una palabra de consuelo ante su mal físico, «Si quieres, puedes purificarme». Su súplica está envuelta de dolor, soledad y falta de comunión con los demás; pero también, sus palabras manifiestan una auténtica profesión de fe, pues reconoce en aquel hombre que pasa, al Hijo del Dios de la vida.
Muchas veces la enfermedad endurece el corazón; la persona vive una lucha de rebelión contra Dios, como si Él fuera el autor de los males que afligen al hombre. El leproso, por su parte, no combate contra Dios sino que se acerca a Él en su Hijo, porque quiere vivir. Su humildad será el paso fundamental para creer y esperar aquella Palabra que lo salvará.

2. Meditatio: ¿Qué me dice el texto?
También Jesús, teniendo compasión del leproso hace lo impensable sea a la lógica humana como ante la misma Ley que prohibía el contacto. Él tiende la mano y lo toca, diciendo: «Si quiero, queda purificado». Jesús se deja herir por el sufrimiento del leproso, se compromete con su vida para darle vida. Por otra parte, Jesús no dice «te purifico», sino «queda purificado», una expresión hecha en pasivo mediante la cual descubre el rostro del Padre, «quien no ha creado la muerte, ni se alegra con la destrucción de los vivientes» (Sab 1,13).
Por otra parte, es interesante apreciar que el leproso no pide la curación de su lepra, pide ser purificado. Precisamente, en un sentido actual, la peor enfermedad que tiene el hombre no son aquellas físicas, sino las que provienen de un corazón contaminado por el egoísmo.

3. Oratio: ¿Qué me hace decir el texto?
También yo soy un leproso, Señor, cuando mi rostro viene desfigurado por el orgullo y la soberbia, por la envidia y el egoísmo; cuando mi corazón se endurece por la aparente inmortalidad de las cosas terrenas. También yo soy un leproso, Señor, cuando sólo pienso en escalar puestos y acumular riquezas, cuando me pienso autosuficiente y perfecto. Por eso, hoy como el leproso te suplico: «Señor, si tú quieres puedes purificarme».  
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