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Lc 7,11-17

Lectio Divina > Evangelio según san Lc
«El Señor se compadeció de ella y le dijo:
No llores»
Lc 7,11-17
Pbro. Dr. Julio César Saucedo Torres
1. Texto:
«A continuación fue Jesús a un pueblo llamado Naín. Lo acompañaban sus discípulos y una gran muchedumbre. 12Cuando se acercaba a las puertas del pueblo, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda. La acompañaba mucha gente del pueblo. 13Al verla, el Señor se compadeció de ella y le dijo: «No llores». 14Luego, acercándose, tocó el féretro, y los que lo llevaban se pararon. Dijo Jesús: «Joven, a ti te digo: Levántate». 15El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre. 16El temor se apoderó de todos y alababan a Dios, diciendo: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo». 17Y el suceso se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina.

2. Lectio: ¿Qué dice el texto?
Diez kilómetros al sureste de Nazaret se encuentra el pueblo de Naín, nombre que significa «reír». De este lugar, Lucas menciona el punto de encuentro entre Jesús y la viuda, justamente en la cercanía a la «la puerta de la ciudad». Pero, ¿qué significa esto? La puerta de la ciudad se refiere al lugar militarmente estratégico para la protección del territorio y la custodia de las armas; pero en la visión lucana, también está indicando la «boca del Sheol», lugar de los muertos, del que es imposible salir. Así, mientras el joven muerto deja el perímetro de su pequeño pueblo para ser llevado a la sepultura, se encuentra, a su vez frente a la «boca del Sheol» cuya entrada es cerrada por la presencia de Jesús. La puerta de Naín es el preludio de cuanto sucederá con la resurrección de Jesús.
Otro dato importante, es que en la puerta de Naín se encuentran dos cortejos: el de la muerte y la vida. En efecto, la viuda es acompañada en su dolor por «mucha gente»; mientras que Jesús llega con sus discípulos y «mucha gente».
Respecto al cortejo de muerte, hay un ligamen entre el hijo muerto y la madre. Literalmente se debería traducir: «único hijo para su madre y ella era viuda»; en otras palabras: quién estaba muerto: ¿el hijo o la madre? En efecto, el hijo había perdido la vida física, pero aquella pobre mujer había perdido todo su mundo afectivo: estaba muerta como mujer porque era viuda; es muerta como madre porque ha perdido a su único hijo. El servicio a la vida ha terminado, es una mujer que yace en la muerte.

3. Meditatio: ¿Qué me dice el texto?
El milagro tiene como punto de partida la mirada de Jesús que lo lleva a compadecerse por aquella mujer. Este término –compasión– tan apreciado en la Sagrada Escritura, indica el movimiento de las «vísceras», raíz del cuidado materno hacia los hijos. La viuda en su amor por su hijo, seguramente vivió esta compasión, con el deseo de dar nuevamente la vida a quien era expresión de toda su esperanza. Pero, con la impotencia de no poder hacer nada. Es en la compasión humano–divina que, Jesús al ver el cortejo de muerte pronuncia las primeras palabras de cercanía a este dolor trágico: «no llores, mujer». Y acercándose, hace lo no permitido: tocar el ataúd (recordando que estaba prohibido hacerlo ya que hace a la persona impura) y decirle al muchacho «despiértate».
Esta escena es un preludio de lo que sucederá en la muerte de Cristo: él compartiendo nuestro mal en la muerte, tocará en el Calvario el leño de nuestro ataúd en el leño de la Cruz; y con su resurrección repetirá las mismas palabras: «“despiértate” tú que duermes, porque yo no te he creado para la muerte […] Levántate obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona» (antigua homilía sobre el sábado santo).

4. Oratio: ¿Qué me hace decir el texto?
«Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón,y así infundes respeto. Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora». Salmo 129.
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