Lc 20,27-38 - Kardiognosis

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Lc 20,27-38

Lectio Divina > Evangelio según san Lc
Dios no es Dios de muertos, sino de vivos
Lc 20,27-38
Pbro. Dr. Julio César Saucedo Torres
1. Lectio: ¿Qué dice el texto?
Para profundizar en el texto es necesario comprender quiénes eran los saduceos. Una característica consiste en que los saduceos se retienen como los únicos depositarios de la función sacerdotal (Ez 44,15), además expresan que Moisés es el único mediador entre Dios y los hombres y, como es evidente, no profesan la fe en la resurrección de los muertos. Su posición estipula que la muerte lo destruye todo.
En el presente texto que nos presenta san Lucas, los saduceos para afirmar esta convicción parten de la «Ley del Levirato» que se encuentra en el libro del Deuteronomio (25,5-10). Esta ley expresa que cuando una mujer ha quedado viuda y no tuvo hijos con su esposo, entonces, el cuñado tiene el deber de tomarla por esposa para darle descendencia a su hermano. Este aspecto jurídico estaba ligado a la concepción de la sobrevivencia de sí mismo por medio de la descendencia. En pocas palabras, no había futuro para quien no tuviese hijos. De aquí, surge la necesidad de procrear, y si fuese necesario después de la muerte, por medio de los hermanos. Con estos elementos, los saduceos construyen el caso que presentan ante Jesús.
En este sentido, los saduceos pensaban, para ridiculizar la concepción de la resurrección que, ésta sería como un simple regreso a la condición terrena. Por eso, la respuesta de Jesús contiene tres aspectos:
a) En la condición presente, esposarse y procrear es necesario para la sobrevivencia de la humanidad.
b) La resurrección posee una absoluta novedad que contiene la condición de los resucitados: «no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues él los habrá resucitado». Por lo que, en la dimensión futura, la vida está signada por la inmortalidad, de modo que, la procreación ya no es necesaria.
c) Si los saduceos retenían que Moisés era el único mediador entre Dios y los hombres, Jesús los remite al pasaje de la «zarza ardiente», donde el Señor se presenta como el «Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos».

2. Meditatio: ¿Qué me dice el texto?
La vida después de la muerte no posee los mismos parámetros biológicos de la vida presente; por ello, el mundo futuro no puede ser pensado como una prolongación del mundo terreno. Sin embargo, Jesús pone en evidencia el punto de unión entre el cielo (resucitar para la vida eterna) y la tierra, a saber, la filiación divina –ser hijos e hijas de Dios–. Para participar de la gloria futura es necesario vivir desde la tierra el don gratuito de ser hijo en Hijo. La filiación que no es un desencarnarse sino el vivir la propia humanidad enriquecida constantemente con la gracia de Dios. Concluyo, a este propósito, con estas palabras de Hans Urs von Balthasar (teólogo y cardenal suizo): «Dios desciende al tiempo y el hombre asciende a la eternidad. Dado que Dios en su descenso llena lo temporal con sentido eterno, el hombre recibe en su ascenso una plenitud en la eternidad de Dios».

3. Oratio: ¿Qué me hace decir el texto?
Tantas veces pensamos, Señor, que los cielos nuevos y la tierra nueva que tú preparas, son simplemente un “maquillaje” de este mundo, un embellecimiento de la realidad que conocemos, con la eliminación de cualquier tortuosidad. Tantas veces Señor, nos contentamos en pensar en la vida futura con las costumbres que conocemos y sus ligámenes ya instituidos, cuando es algo mucho mayor de lo que pensamos; pues aquello que tú nos prometes son unos cielos nuevos y una tierra nueva signados por la novedad de tu amor que destruye el sufrimiento, de aquello que genera la división, la angustia, y los comportamientos egoístas y mezquinos.
Ayúdanos, Señor, a despojarnos de nuestras pobres representaciones limitadas y danos un corazón abierto a la inteligencia del Espíritu para que la gloria prometida en tu Hijo, nos enseñe a vivir desde el aquí y el ahora, lo que somos: hijos e hijas de la resurrección, que ponen en práctica la caridad, la justicia, la paz y la misericordia. Amén.
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