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Jn 14,1-12

Lectio Divina > Evangelio según san Jn
«No se turbe su corazón»
Jn 14,1-12
Pbro. Dr. Julio César Saucedo Torres
1. Lectio: ¿Qué dice el texto?
El texto inicia con un apelo: «No pierdan la paz». Otra traducción sería: «No se turbe su corazón» (14,1), palabras que evocan la teología del Salmo 42-43 (41-42): «¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas?». El Salmo, en efecto, no es solo el lamento de una persona exiliada, sino palabras en las que se expresa el propio deseo intenso de ver el rostro de Dios: «Espera en Dios que volverás a alabarlo: salud de mi rostro Dios mío». En efecto, san Juan nos presenta el turbamiento de los discípulos a causa del anuncio de la partida de Jesús (13,33): «Hijitos míos, ya poco tiempo voy a estar con ustedes»; pero es el Señor mismo, quien ofrece la respuesta para superar este turbamiento: «Si creen en Dios, crean también en mí». Es la invitación a la fe y a la esperanza, como se presenta en el Salmo, cuyo fundamento se encuentra en el amor. Hay que recordar, que antes de estas palabras de despedida de Jesús, él les ha lavado sus pies y les ha dado el mandamiento del amor como expresión propia del discipulado: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado […] En esto conocerán todos que son mis discípulos: si se tienen amor los unos a los otros».

2. Meditatio: ¿Qué me dice el texto?
«Yo soy el camino, la verdad y la vida». Ser cristianos no significa solo apreciar los dichos y hechos de Jesús; no es, ni será nunca suficiente. Jesús llama al discipulado, no para admirar y aplaudir, sino para establecer una relación profunda con él. Hoy en día, existen muchos caminos que invocan alcanzar la felicidad; Jesús, en este sentido, no se propone como uno de tantos caminos, sino como el Camino; pero no un camino de emergencia para los momentos difíciles, sino en cuanto que Él es quien da plenitud a todo cuanto es el ser humano, en su vocación y misión; conduciéndolo a la perfecta comunión con el Padre, por gracia del Espíritu.
Con ello, se une que él sea la Verdad. En efecto, Jesús es la revelación plena del Padre, en él conocemos quién es Dios, y a su vez, es la revelación plena del hombre; en él conocemos la verdad de quiénes somos. Con toda razón, la Constitución Pastoral del Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes (n. 22), expresa con total solemnidad: «El misterio del hombre se esclarece a la luz del misterio de Cristo». Por otra parte, todo aquel que sigue sus pasos, comprende que Jesús es la fuente de la vida, porque él mismo la transmite: él es la Vida en nuestro peregrinar terreno y es la Vida eterna en la Jerusalén del cielo. Como expresará San Pablo: «Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia» (Flp 1,21).
Los apóstoles son hombres concretos, con sus cualidades y limitaciones: no nacieron para ser héroes, y Jesús los eligió no porque fueran perfectos, sino porque los amó. También nosotros, desde la eternidad, hemos sido elegidos en Cristo a una vida plena (don), misma que se ha de conquistar abriendo nuestro corazón a su gracia (ser) y ser misioneros de su misericordia (quehacer).

3. Oratio: ¿Qué me hace decir el texto?
Eres tú Señor, el punto de referencia en mi existencia; tú no te limitas a trazar el camino, sino que tú mismo te haces Camino de plenitud. Pensar y juzgar, actuar y elegir como nos has enseñado, significa poner la propia vida en ti que eres la Vida. Cada día, tú me induces a abandonar todo contra signo del “viejo hombre”: en mi egoísmo, soberbia, vanidad, apariencia, etc.
Tú eres la Verdad que revela el rostro auténtico del Padre, y me llamas a abandonar todo ídolo que continuamente me obstino a adorar; pero también revelas mi identidad, todo cuanto soy, y me ayudas a descubrir la belleza de mi vocación, pero también a sanar las heridas que están anidadas en mi corazón.
Sí, Señor, tú eres el Camino, la Verdad y la Vida, que a través del amor. Vence el poder del mal y haciendo de mí, un hijo del amado Dios.
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