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Bienaventurados los pobres

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«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos»
1. ¿Quiénes son los pobres?
Mientras el pueblo de Israel era nómada, no había una distinción entre ricos y pobres, ya que todos tenían las mismas condiciones de vida. Sin embargo, ya estaba presente la concepción de la retribución basado en el cumplimiento de la Alianza: si cumples con ella serás bendito, de lo contrario, maldito. La pobreza, bajo este presupuesto, tiene una connotación de maldición.
Sin embargo, poco a poco van apareciendo los anawin Yahvé –los pobres de Yahvé o los pobres del Señor– quienes cumplen con la Alianza con total autenticidad, sin temor por las maldiciones o por buscar la gratificación de las bendiciones. Son los pobres materialmente hablando que, descubren que su mayor riqueza es Dios mismo; por eso, también se les llamará el “resto fiel”.
Bajo este contexto, para el evangelista Mateo, «los pobres de espíritu» son aquellos de condición humilde, con una interioridad vacía de todo tipo de pretensiones y arrogancias, pues no hay mayor riqueza que la comunión con Dios mismo, que sobrepasa todo tipo de bien[1]. Por tanto, hay una pertenencia mutua: ellos pertenecen a Dios, y Dios les pertenece a ellos; no como una posesión, sino en una íntima comunión de fidelidad y amor.

2. ¿Cómo vivir la pobreza de espíritu?
En la Teología Espiritual existen dos términos de vital importancia para el discernimiento y la espiritualidad cristiana, a saber, la docilitas y la docibilitas. La docilitas (docilidad) se refiere a la capacidad de atender y escuchar, que conlleva a la formación y obediencia. El ejemplo figurado que surge de esta palabra es la “maleabilidad”, el dejarse plasmar o formar. Por su parte, la docibilitas, cuya traducción más cercana es disponibilidad, quisiera ser aquella disposición que lleva a la libertad interior, mismo que posibilita el encuentro con la gracia[2].
La pobreza sugerida, por esta bienaventuranza, tiene como punto de partida la docilidad; es decir, aquel formarse por la Palabra de Dios. Esta docilidad sumerge a la persona en un camino discipular de escucha, atención y obediencia; misma que, conduce a la docibilidad, aquella libertad y disposición para que libre de toda afección, pueda llevar a cumplimiento la Palabra que le ha sido confiada. El ejemplo de todo esto, lo presenta Benedicto XVI en la figura de san Francisco de Asís:
La Escritura trae en cada paso un potencial de futuro que se abre solo cuando sus palabras vienen vividas y sufridas hasta el fondo. Francisco de Asís ha tomado la promesa de esta bienaventuranza en su radicalidad extrema, hasta el punto de dar su propio vestido […] Para Francisco esta humildad extrema significaba sobre todo libertad de servir, libertad para la misión, extrema confianza en Dios que no provee solo a las flores del campo, sino que toma cuidado propio de sus hijos; significaba un correctivo a la Iglesia de su tiempo que con el sistema feudal había perdido la libertad y la dinámica del impulso misionero; significaba una íntima apertura a Cristo a quien, mediante el tormento de los estigmas, venía totalmente conformado que ahora él verdaderamente no vivía más para sí mismo, pero en cuanto persona renacida existía por Cristo y en Cristo[3].
Justamente, la docilidad se encuentra figurada en la expresión «el potencial de la Escritura» que, una vez sembrada en el corazón del creyente, al ser vivida alcanza una apertura única y genuina, que culmina en aquella «libertad para servir» (docibilitas). San Francisco de Asís es el ejemplo palpable de que la configuración del discípulo no es con la pobreza misma, sino con Cristo quien al hacerse pobre nos enriquece con su pobreza (cfr. 2Co 2,8).

3. La pobreza de espíritu desde el ministerio extraordinario de la comunión
Angelo Comastri, cardenal italiano, narró en su pequeño libro «Le beatitudini» (Las bienaventuranzas) que, en alguna ocasión visitó el hospital de Loreto, donde conoció a una mujer pequeñísima (58 cm), quien le compartió las siguientes palabras:
Padre, usted ve mis condiciones […] pero la cosa más triste es mi historia. Podría intitularla así: abandono. Pero, soy feliz, porque he entendido cuál es mi vocación. Sí, mi vocación. Yo, por un diseño de amor del Señor, existo para gritar a quienes tienen la salud: “No tienen el derecho de tenerla para ustedes, la deben donar a quien no la tiene, de otro modo, la salud se pudre en el egoísmo y no les dará la felicidad”. Yo existo para gritar a aquellos que se aburren: “Las horas en las que ustedes se aburren […] faltan a alguien que tiene necesidad de afecto, de cuidado, de compañía; si no regalan aquellas horas, esas se pudrirán y no les darán felicidad”. Yo existo para gritar a aquellos que viven de noche y corren de una discoteca a otra: “Aquellas noches, sépanlo, faltan, dramáticamente faltan a tantos enfermos, a tantos ancianos, a tantas personas solas que esperan una mano que les limpie una lágrima: aquellas lágrimas faltan también a ustedes, porque ellas son la semilla de la verdadera alegría. Si no cambian de vida, no serán felices”[4].
Como esta señora en su enfermedad, también tantos hermanos enfermos, gritan desde sus dolencias, abandono y sufrimiento. Nos gritan a nosotros que formamos parte de una comunidad parroquial, y su grito es que les llevemos a Cristo. Pero, ¿cómo llevarles a Cristo si no hay una formación? ¿Cómo acompañarlos en su situación de enfermedad si no hay oración?
A veces puede suceder que el ministro extraordinario sin la debida formación, reduzca su servicio al ámbito litúrgico, con poco interés en el sentido genuino de la caridad en los enfermos. Tal pareciera que, importa más el “aparecer” para la obtención de una cierta gratificación en algún reconocimiento público, que el silencio en la visita a un hermano que necesita de Cristo. Hay quien puede llegar hasta pensar que, el ministerio extraordinario es una “bonita forma” de llenar un tiempo vacío de la vida cotidiana, o suponer, que es una oportunidad para formar parte de un “club social”; peor aún, razonar que se es indispensable, y que, el ministerio, es un “merecimiento”, más que un don de Dios.
Desde esta pobreza de espíritu, pregúntate: ¿Por qué estoy en el ministerio extraordinario de la comunión? ¿Soy dócil a la Palabra? La docibilitas o disponibilidad me impulsa a la formación permanente: ¿qué tan abierto(a) estoy para la formación? ¿A qué me invita a vivir esta bienaventuranza?


[1] Cfr. CBSJ III NT1, 182-183.
[2] A. CENCINI, Formazione permanente, 53-87.
[3] BENEDICTO XVI, Audiencia general (27.01.2010).
[4] A. COMASTRI, Le beatitudini. La felicità realizzata, San Paolo, Milán 2013.
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